Vivimos en un mundo lleno de conspiraciones y conspiranoias respecto a todo aquello que incumbe al control de la sociedad. Hablamos de la publicidad como un elemento disuasorio que intenta convencernos de que tenemos necesidades que no son tales. Solemos achacar a los estamentos políticos el intento de generar una ciudadanía global clasista y manipulada. Otorgamos a ciertos eventos la categoría de meros entretenimientos organizados para mantener a la sociedad alejada de los problemas reales.
¿Por qué siempre miramos hacia otro lado ante problemas y situaciones que nosotros mismos hemos creado? Forma parte de nuestra cultura, dentro de las relaciones interpersonales, aquel famoso dicho de
ver la paja en el ojo ajeno pero ¿qué ocurre cuando se trata de conceptos y estructuras más amplias y complejas que la propia persona, como una sociedad, una nación o una cultura? Sencillamente, se usa a un culpable más amplio aún y más abstracto, incapaz de ser delimitado correctamente por ninguno de los lenguajes que hoy poseemos.
Es innegable que el ser humano es egoísta. Un músico no toca por amenizar a sus oyentes, sino por recibir su cariño; no le cedemos el asiento a un anciano en el autobús por educación o por compasión, sino por no sentirnos mal dentro de nuestras convicciones morales. La propia empatía es un concepto egoísta: nos ponemos en el lugar de otra persona para saber cómo nos sentiríamos si fuésemos el actor al que va dirigido el hecho.
Como todos los seres humanos somos intrínsicamente iguales, es obvio que los objetivos finales sean los mismos: ser queridos, respetados y reconocidos como personas únicas. A lo largo de la vida, vamos creando nuestro propio camino para conseguir estas metas. Por suerte o por desgracia, al no tener la capacidad de predecir lo que va a ocurrir en el futuro más allá de los hechos que acontecen por pura lógica, solemos tomar elecciones basadas en la improvisación, el instinto y la intuición, y de ninguna de las tres podría decirse que garantizan el éxito.
Por ello, podría decirse que la vida en sociedad se asemeja a conducir un coche por la nieve: seguimos el mismo camino que otros ya han tomado para no derrapar o toparnos con un obstáculo imprevisible u oculto. En muchas ocasiones, ni siquiera nos preguntamos cuál fue el primer coche que pasó por allí, el que marcó el camino. Podría ocurrir que se tratase de un suicida buscando un barranco por el que arrojarse con el coche.
Los más desconfiados, los menos osados o, incluso, los más precavidos, esperan en la cuneta a que pase la máquina quitanieves o a un camión echando sal en la calzada.
¿Quién en su sano jucio querría derrapar, chocar contra una señal de tráfico, acabar con el coche boca abajo o arrojarse por un acantilado? Alguno estaréis pensando: "se pueden tomar precauciones". Bueno, en eso, lo de conducir por la nieve también se parece a la vida: no todo el mundo sabe poner las cadenas a las ruedas.
Por eso, la sociedad, "las masas" (un término muy usado por aquellos que quieren referirse a la sociedad dentro de un ámbito de hechos o acontecimientos específicos con los que no comulga y por lo que no quiere verse inmerso en ella, como si ya no lo estara, recuperando el tema del ojo y la paja) buscan su máquina quitanieves particular. Pero lo importante no es lo buena o mala que sea, si es grande o pequeña. La cuestión es que pase en el momento preciso, cuando más gente la necesita, y saber qué y cuanta gente va detrás de ella.
A riesgo de parecer demasiado metafórico, voy a explicar a qué me refiero cuando digo qué gente va detrás de la quitanieves con otro ejemplo. Veréis, si nosotros conducimos un hatchback de 90 C.V.s y detrás de la quitanieves sólo van vehículos todoterreno con tracción a las cuatro ruedas, algo nos dice que va a ser difícil de seguir el camino. Por ello, nos sentimos más seguros si detrás de la quitanieves van un buen número de vehículos de toda clase.
La pregunta es: dentro de la sociedad y de la cultura, ¿quién es la máquina quitanieves? Empezaré diciendo que las hay de todos los tamaños y de todos los colores.
Por ejemplo, si hablamos de literatura, la "quitanieves" actual es la novela histórica de misterio. Consiste en tomar como punto de partida una sociedad o grupo de caracter secreto o misterioso que esté datada en la historia, desde la cual se van desvelando sus secretos hasta alcanzar grados de conexión estadística que respondan a un pensamiento científico ayudando a comprender el funcionamiento del mundo. Dentro de este estilo, tenemos libros como "El códico Da Vinci", "El secreto mortal de los Templarios", "Los misterios de la Rosetta", "El Proyecto Illuminati", "Las profecías de los Cátaros"... bueno, menos el primero, los demás me los he inventado, pero no me extrañaría nada que existiesen.
¿A qué se debe ese éxito? Simplemente porque responde a tres de las necesidades de la sociedad occidental: conocer la realidad de las cosas, sentirse próximo al placer que provoca el morbo por lo desconocido y descargar la rabia que provoca la existencia de sociedades secretas.
Pero lo malo de esto es que muchos de sus lectores toman estas novelas como ensayos. Así, no es extraño escuchar en algunas ocasiones, con toda firmeza, que el mundo se acabará en el año 2058, que nos gobiernan unos cuantos sabios desde la cima del Everest o que la tumba del apostol San Judas está debajo de la entrada del museo Guggenheim de Bilbao.
Además, esto ha traspasado las barreras de la literatura para alcanzar la televisión. No es raro pues que existan programas de éxito en los que se dedican a explotar la
pareidolia y buscar fantasmas en fotografías retocadas por Photoshop.
Dentro de la musica, esto también sucede, tanto si hablamos de grupos o solistas musicales como si hablamos de tipos de música. ¿Merece la calidad de grupos como U2 o El Barrio la afluencia masiva de gente a sus conciertos? ¿Por qué han triunfado estilos de música como el reggaetón? Sencillamente, no se trata de una cuestión de gustos o de calidad, sino de perspectivas. Es decir, de aquellos hechos o comportamientos que se han asociado a los acontecimientos musicales. El reggeatón se asocia al sexo, al alcohol, a la fiesta, a las discotecas, a los horarios poco comunes... en definitiva, a todo aquello que no hacemos mientras estamos trabajando. La asociación de tales conceptos a este estilo musical ha sido la que ha garantizado su éxito, si bien esta asociación no se ha generado por si sola, sino mediante el análisis sociológico llevado a cabo por las discográficas y una agresiva táctica de mercadotecnia. Hagamos la prueba: ¿conoces a más de cinco cantantes o grupos de reggaetón?
Con los grupos y los solistas ocurre algo similar, solo que éstos no han desarrollado una intencionalidad meramente comercial (al menos en sus principios) sino una constante básica dentro de la música: llegar al público. En este punto confluyen dos aspectos de la música: el mensaje y la estética. Dependiendo de la importancia que le asignemos a estos dos aspectos comprenderemos el éxito de los diversos grupos musicales, sin olvidar las pretensiones antes mencionadas. ¿Por qué tiene tanto éxito
Bruce Springsteen? si bien no mantiene una estética demasiado compleja, el mensaje es claro y sencillo: la vida, la realidad, la desigualdad social, la hipocresía... ¿Y
Miley Cyrus? su música tampoco es excesivamente estética, y el mensaje no merece una categoría mucho mayor que la de banal, pero entran en juego las pretensiones: es joven, es guapa, tiene éxito y mucho dinero. Sus seguidoras parten de una admiración inconscientemente elaborada a partir de la envidia (no siempre la envida ha de ser dañina o cruel) y
canturrean sus canciones en un ejercicio de "yo también puedo" que las sitúan en un escenario ficticio. Respecto a sus seguidores, sólo una cosa: el sexo vende.
¿Y El Barrio? su estética parte del flamenco, y su mensaje es rico y muy variado. Pero las pretensiones también juegan un papel muy importante: transmite alegría, rabia, y se ha establecido como un grupo de culto dentro de un ámbito de consumidores que favorece las relaciones sociales. ¿Y Paco de Lucía? si bien su mensaje no es concreto, su estética está tremendamente desarrollada, lo que requiere de un gran talento y una importante capacidad técnica. Pero sin duda, su éxito también radica en las relaciones sociales. Si alguien te pregunta "¿te gusta Paco de Lucía?", ¿cómo puedes contestar que no? Dentro de nuestra sociedad valoramos el talento, la técnica. Además, aquellos que catalogamos como "entendidos" siempre han situado a Paco de Lucía en un alto nivel. Decir que
no te gusta Paco de Lucía sería como ver pasar una máquina quitanieves con una larga fila de camiones echando sal justo detrás y preferir tomar el sendero cubierto de hielo.
Alguno pensaréis cómo puedo apoyar esta idea. Bien, todos sabemos de casos de grupos o solistas musicales que, en algún momento de su carrera, han decidido variar su estética o su mensaje, so pena de perder a una gran legión de acérrimos
fans, volviéndose el objeto de ira de sus antiguos seguidores. Imaginemos que el reggaetón tratase en sus letras el tema del nacionalismo vasco, y en sus videoclips sólo apareciesen
aizkolaris; o que Bruce Springsteen se dedicara a cantar la tabla de multiplicar; o que Miley Cyrus se transformara en una cantante
gospel; o que El Barrio cante los temas del Mundial de Fútbol del año que sea; o que Paco de Lucía se
metiera a guitarrista de un grupo de
trash metal. No hace falta decir qué ocurriría, ¿o sí?
En el cine, como se suele decir, ocurre tres cuartos de lo mismo. También existe una lucha entre el mensaje, la estética y las pretensiones. Sin embargo, la industria del cine prefiere resaltar el aspecto estético. ¿Por qué hay películas en las que el punto fuerte de la estrategia de márketing consiste en anunciar quién es el director de la obra a bombo y platillo? Por ejemplo:
Steven Spielberg. Dicen que todo lo que toca lo convierte en oro. Eso no es cierto. Las películas que produce o dirige ya son de por sí piezas de oro. Simplemente, la reputación que ha conseguido mediante su talento para la dirección ha hecho que sólo eligiese dirigir buenos guiones. Y si a un buen mensaje se le añade una buena estética, el éxito está asegurado. Sin embargo, para aquellos guiones que hacen aguas pero que pueden ser explotados mediante la estética, elige ser productor.
Con los actores sucede algo parecido. Incluir a un determinado actor dentro del reparto, por muy mala que sea la película, aumenta las posibilidades de éxito. Los medios de comunicación se encargan de amplificar la importancia de diversos actores, no sólo en el ámbito artístico, para despertar las pretensiones de la gente. Por ello, inconscientemente, vamos al cine no sólo para ver al actor nominado a tal premio por tal papel en tal película, sino para ver al personaje que se ha divorciado cuatro veces, ha adoptado a un niño del Congo Belga, al que aparece en la portada de la revista
Sanity Fear y al que han
pillado conduciendo borracho por las carreteras de un pueblo de Colorado.
Sin embargo, mal que me pese
por darle la razón a un nazi, está claro que cuando más sencillo sea el mensaje y más comprensible sea la estética, mayor será el número de personas que seguirán a la "quitanieves". Pero no eludamos responsabilidades, porque si la seguimos es porque queremos o porque nos conviene. ¿O acaso nos obligan?